viernes, 2 de octubre de 2015

Al desconcierto de tu ya no tan lejano silencio


Silénciame, de nuevo, volveré a decirlo, tal vez del modo incorrecto como hasta ahora lo hago, de ese modo tan aparentemente seguro y que no indica más que la certeza de que no notes aunque existe, la sinceridad de mis palabras.
Y no puedo describir la calma con la que mis ojos han aprendido a observarte, una calma que contrasta con la ansiedad de mi alma entera por captar tu imposible mirada.
No importa, no importa, he aprendido...a robar en esos cortos segundos toda la esencia que pueda de tu imagen, perdóname, pero cómo no robarle al tiempo las curvas extrañas de tu cabello que va de un lado hacia otro, la humildad de tus pestañas, ese objeto a la altura de tus ojos del que medio mundo se anda copiando, que va demarcando la expresión de tu rostro, medio dormido medio despierto...

Quizá mi envidia sea grande, mi envidia al cielo, a sus nubes de miles de rostros, a su amanecer de historias, y la desidia de no tener la mía.