El viejo Andrei Volkonski revisa sin interés las viejas notas enviadas desde Borodinó, no le dicen nada nuevo y la rutina del encierro comienza a dolerle en los huesos.
La noche lo interrumpe en el más insonoro de los silencios, con el letargo de saberse solo, entorna los ojos inyectados en sangre, toma la fría pluma y escribe:
"Qué importa, en el mundo se espera demasiado de cada día,
se espera mucho del sol, mucho de las nubes, de la lluvia,
del amanecer y de la luna,
yo no espero nada, de nada ni de nadie, yo...sólo espero palabras.Y sería demasiado trágico, detenerme, escribir, más por sentido común que por una milésima de orgullo. Yo solamente, espero."

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