domingo, 16 de agosto de 2015

Zaschitniki

Los átomos, que conforman la estructura misma del ser que compone cada cosa que existe, unidos por fuerzas nucleares que la mente no alcanza a imaginar pero que sin embargo existe y nuestra propia vida se sirve de ella; conforman desde hace milenios las estrellas, retazos minúsculos de cuerpos que se niegan a apagar la vida de la que antes gozaban en su totalidad pero que finalmente serán solo tierra muerta o ceniza.
Las estrellas están hechas de los mismos átomos que nos conforman, fueron parte de un todo primigenio del que también nosotros formamos parte, y dado nuestro origen en común; sus cenizas, cuando llegue el momento, serán las mismas que las nuestras. Somos, fuimos y seremos, en un ciclo evolutivo perenne, polvo de estrellas o polvo cósmico del que algún ente eterno y observador podrá dar noción, si le place.

El universo se ve reflejado en cada pequeña cosa que forma parte de él, desde la particularidad de un ojo, hasta la célula mas diminuta que compone un complejo ser viviente. Tal como en la semilla puede verse el fruto, tal vez nunca estuvo equivocada la creencia que decía que aquellos que trascienden a su destino se convierten en estrellas, pues al morir también seremos parte del firmamento, de alguna constelación extraña, porque en aquellas luces siempre ha estado nuestro destino.



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