La mañana del 22 de junio de 1941 había iniciado, con más ruido en los pequeños poblados de la frontera de la URSS, miles de panzers avanzaban a campo abierto a gran velocidad, acompañados por divisiones de infantería con sus uniformes verde petróleo.
Yo también estaba ahí, a bordo de un Sdkfz avanzando por la estepa rusa con el sol del verano al lado de los miembros del Estado Mayor, el Generalfeldmarschall Ritter Von Leeb, a lo lejos se escuchaban explosiones, los stuka de la Luftwaffe lanzando su mortal carga una y otra vez sobre ciudad tras ciudad, dándonos la idea de que toda la campaña sería como este inicio, llena de victorias.
Y día tras día, sobre un mapa del extenso territorio soviético, se llevaban a cabo los juegos, planes en los planes de los planes, el kriegspiegel, aquello enardecía mi belicismo hasta grados insospechados, pronto llegamos a cruzar el Dnieper, en la madrugada. Día tras día, ciudades aplastadas sin mayor resistencia llegaron a acostumbrarme a ver restos de las torres de los tanques rusos desperdigados por el la carretera mientras caminaba a cubierto. Los soldados por las noches jugaban a las cartas, hay que decirlo, estábamos acostumbrados ya al sonido de la artillería. Todo esto parecía de nunca acaba hasta que llegamos a Leningrado.
Hasta ese día mis cavilaciones no habían traspasado los dilemas morales, no me había detenido a entrever el tamaño del daño que le puede hacer la indiferencia al alma humana, la ciudad fue rodeada por los nuestros y del alto mando llegó la orden, sería sitiada, como en la edad media, condenando a los habitantes a morir de hambre o rendirse. Los expertos analistas, esos que se sientan en pulidas mesas y tienen gustos egocéntricos como buenos vinos y se enojan si su traje tienen manchado un botón pero que jamás son alcanzados por la miseria que sus ideas causan, auguraban que Leningrado se rendiría en tres meses, que equivocados estaban, aquella pronta rendición tardó dos años y medio.
Recuerdo el primer día, la ciudad viva iluminada en el atardecer por las luces de los hogares, de gente que llena de temor por la incertidumbre de este teatro no se detenía, pues tenían hijos que criar y días que vivir, como extrañaba los verdaderos días que se podían vivir. Lo primero en irse fue el suministro eléctrico, entonces todo se hizo silencioso, las personas buscaron cobijo en sus viviendas esperando que fuese suficiente para protegerse. Pero no lo fue.
El sentido de todo lo repugnante nos rebasaba la garganta, la ciudad soportaba, sumida en la mas absoluta tiniebla iluminada por las explosiones de la artillería, pero seguían en pie. Pasaron meses y nada detenía esta depravación, a nadie parecía importarle que los límites de la moralidad habían sido transgredidos ya
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